Venezuela y la estabilidad como excepción

Llegué aquí por la única razón por la que merece la pena cambiar de acento, también de cielo: por una persona que te lleva, sin intentarlo apenas, a observar el mundo desde abajo. En esta ciudad, Venezuela y los venezolanos están por todas partes: en las colas para solicitar asilo o la cédula de extranjería, en las casas que limpian y construyen. Son una presencia cotidiana y casi doméstica, una biografía siempre interrumpida, como si el país hubiera caído en una sola noche. Todo fue tan rápido que, a la mañana siguiente, muchos se preguntan qué ocurrió.

Uno crece en Europa con la sensación de que el mundo es sólido, que hay leyes, normas, poca arbitrariedad, mecanismos lentos y fiables, que las decisiones que afectan a millones de personas responden a principios basados en el bien común (en teoría). Vivir aquí, tan cerca de la frontera con Venezuela, desmonta esa seguridad. El mundo no es estable: solo parece estable hasta que, de pronto, deja de serlo. Y cuando cae lo hace con un gemido, sin estruendo, como una sucesión de pequeños ajustes que, al completarse, dan a entender que ya no hay marcha atrás.

Sucedió un sábado cualquiera. El dirigente dio la orden y sucedió. El pueblo —esa cosa— cuenta poco o nada, no porque haya desaparecido (las fronteras siguen ahí, intactas), sino porque su margen de maniobra es nulo. La facilidad con la que lo improbable se hizo realidad produce una mezcla de terror y sueño. Las certezas políticas son acuerdos frágiles que se mantienen hasta que dejan de interesar. Mudarse te enseña eso: que el lugar desde el que miras importa, que la fragilidad del mundo no es una metáfora, es algo que se aprende observando cómo la vida de otros cambia sin que nadie les haya preguntado. Lo escribo sin señalamientos, sabiendo que cuando algo se rompe nunca hay responsables claros, pero sí que los cristales siempre los recogen los mismos.

Ilustración: Javier Jaén

¿Por qué la Navidad nos pone tristes?

Hay algo que se repite en Navidad. Están las luces con la forma del Acueducto tapando el Acueducto, la gente joven que mea en el portal de casa, el reencuentro obligatorio, los hijos regresando a casa, los padres esperando, el vaho en las ventanas… Yo cojo el autobús y agacho la cabeza para evitar saludar a mis antiguos compañeros del colegio —qué viejos, me digo—, giro el cuello y observo las montañas nevadas a través del cristal —¿será el Peñalara o el Pico del Lobo?, ni idea—, la luz oscilando de un blanco brillante a un amarillo calizo, los camiones sufriendo en la subida a Guadarrama… Al atravesar el túnel, caigo en la cuenta de que la felicidad pasa muy rápido; en cambio, la tristeza siempre sabe dónde y cuándo quedarse.

La carretera cambia de provincia. «Mañana será el día más frío del año», le escucho decir a una señora. Dentro del autobús huele a aceite y a ganas de llegar. Por fin, la silueta de la Catedral al fondo, su cúpula recortada contra la planicie y el cielo, una capital de provincias que me trae malos recuerdos cuando, en realidad, concentra una infancia feliz. Regresar a casa debería ser una celebración: madre, las hermanas y su sonrisa, el olor a limpio de los manteles, el ruido del papel de regalo resquebrajándose, las flores y el vino. Me siento obligado a sentir agradecimiento, una unión invencible, estar presente. Sin embargo, estas fechas prometen una felicidad que no puedo cumplir porque ordena demasiado el tiempo, hace balances y, cada año desde hace trece, nos recuerda que aquí estamos… a falta de uno.

La Navidad pasa —me repito—, como pasan las manos dentro de los bolsillos y el viento, como pasan los años y los viajes, sin detenerse demasiado en las paradas de la ruta. Y como pasan, aprendemos a sentarnos en la ausencia, a colocar un plato menos sin dramas, a fingir normalidad con la misma destreza con la que guardamos los restos de comida en la nevera. Entre lo que falta y lo que permanece hay un lugar habitable, una forma de encajar cuando la vida parece indicar todo lo contrario. Quizá ese sea el único milagro de una Navidad posible.

Me merezco el Gordo de Navidad

Me merezco el Gordo de Navidad. Ni mis hermanas, ni tú, ni la madre de Alfonso, que compra varios décimos en las principales administraciones de lotería de Segovia, en la Avenida Vía Roma 32, en la calle Gobernador Fernández Jiménez 5 —su preferida—, en la calle José Zorrilla 42, en la Lastrilla y la Granja de San Ildefonso, incluso en la Cervecería Los Quintos —aprovecha para pedirse una copita de Jerez—, yo. Me merezco el premio por una cuestión de justicia dietética, Javier Vidal, ejemplo vivo de la pérdida como estilo de vida, con una experiencia demostrable en juegos de azar y después palmar.

La lógica y la estadística deberían inclinarse mi favor, por una vez, si tampoco pido tanto. Reconozcámoslo: lo merezco más que nadie, sueño mejor. Con ese dinero —de 400.000 para arriba— construiría con precisión un mundo más humano, menos salvaje, nada de parques solares, coches deportivos o casas con suelos de mármol y un dogo, un plan vital y vial que se aleje de cualquier plan financieramente viable, que sirva para generar momentos felices que se perderán como lágrimas en una lluvia de billetes. Nadie mejor que yo como destino de un dinero por decreto y por costumbre, también por castigo. Navidad sinónimo de Gordo; suerte comparte cinco letras con muerte.

Este razonamiento, estas palabras que nadie pidió, se estrellan contra el hecho de que nunca he comprado ni compraré un décimo de Navidad. Si lo hiciera tendría que lidiar con la dentera de exigir beneficios sin aportar nada a cambio; perdería la libertad de ser un pobre desgraciado con lo justo para vivir y un poco más, alguien que, mientras todo un país —tú, la madre de Alfonso, la mía— tiembla, observa la escena desde la cama con una serenidad sin precio, casi beata, como el que renuncia a la esperanza por superflua. Porque al final —y esto es así durante todo el año— no hay nada más corrupto que el deseo de una vida mejor.



Extracto de EL MIEDO A SER COMO LOS DEMÁS

Mañana se publica mi nueva novela: EL MIEDO A SER COMO LOS DEMÁS. Aquí os dejo dos páginas donde el protagonista intenta levantarse de sí mismo y no lo consigue del todo. Una muestra mínima del lugar donde habitan la amistad, la depresión y unos globos aerostáticos que nunca deberían haber aparecido. Gracias por estar al otro lado.

En un estado de equilibrio, los valores de los parámetros característicos de un sistema termodinámico cerrado son tales que maximizan el valor de una cierta magnitud en función de dichos parámetros llamada entropía…

Proceso  reversible donde (q) representa julios y (T) la temperatura.

—¿Cómo era?… No puedo pensar.

Dave abre los ojos. La viga del techo a dos aguas oscila levemente. Siente un calambre en el cuello. Le ocurre cada vez que se despierta, pero no encuentra el momento de comprar una segunda almohada. Arrastra su mano buscando el otro lado. El de la cama. Está frío. Necesita concentrarse para percibir el perfume con toques de madera que asciende desde las sábanas, flota invisible en el aire y alcanza sus fosas nasales. Podría intentar volver a dormirse. Podría. Cuando lo piensa ya es demasiado tarde. El dolor lo envuelve todo: el techo, la almohada, el perfume con toques de madera, sus fosas nasales, el haz de luz rectangular que atraviesa el ventanal y explota en el centro del mandala de la alfombra… absolutamente todo. 

Gira el cuerpo para librarse del destello. Odia esa pared. El armario de nogal permanece semiabierto. La ropa de hoy sobre la mesa del escritorio. ¿Por qué se empeña en tener un ordenador en la habitación si solo puede escribir en el garaje? Los calcetines con el logo de Nike siguen siendo sus preferidos. Esos segundos transcurridos entre el crujido de sus vértebras y la pantalla apagada del ordenador suponen un verdadero tiempo muerto del dolor, el tiburón blanco del sufrimiento, del SUYO, el mismo que la intensa sesión de quiropráctica del lunes no pudo frenar. 

—Así que el mejor doctor es mi cuerpo, doctor Neuropatholator… Deben de ser las cuatro de la tarde. 

Se levanta. Camina por la habitación arrastrando los pies y, como siempre, sin mirar su reflejo al pasar junto a la cómoda de la entrada. El mueble venía acompañado de un espejo rectangular. Ahora refleja a un hombre con la raja del culo visible por encima del pantalón de chándal. Va directo al baño. Se saca la polla entre una mata castaña de pelo púbico y mea con la cabeza apoyada contra la pared. Se encuentra mucho peor que ayer (muchísimo), y lo sabe por la sencilla razón de que no es capaz de racionalizar nada de lo que ocurre con cada pestañeo. Alas de mariposas. El pis es simplemente pis saliendo de un agujero. Cierra el ojo izquierdo. El derecho se desvía desde la taza del váter hacia el ventanal. Abre el izquierdo. Cierra el derecho. El sol deja de ser visible desde ese ángulo. Un pedazo de cielo pardo. Los párpados pesan. Y el dolor, claro.

No puede pensar. Un ser humano al que le han extirpado el cerebro con un cuchillo de pastillas naranjas, “manténganse fuera del alcance de los niños” decía la etiqueta, de nombre NL y apellido 360, su dosis de vida, así las bautizó. Pero si no le permitían ser él mismo, ¿por qué ahora que abandonó el tratamiento y por una vez en su vida está limpio de drogas (el tabaco no cuenta) se siente peor que nunca? Siempre la misma pregunta. Desde hace meses. Siete para ser exactos.

Agita la cabeza. No está seguro de haber dormido. 

—¿Sonó el despertador esta mañana? 

Adultos: la dosis inicial habitual de fenelzina es de 15 mg tres veces al día. Esta dosis debe aumentarse a por lo menos 60 mg por día a un ritmo bastante rápido en consonancia con la tolerancia del paciente. Puede ser necesario aumentar la dosis hasta 90 mg por día para obtener suficiente inhibición de la MAO. Muchos pacientes no muestran una respuesta clínica hasta que el tratamiento a 60 mg se ha continuado durante al menos 4 semanas. Una vez conseguido el máximo beneficio de la fenelzina, la dosis debe reducirse lentamente durante varias semanas. La dosis de mantenimiento puede llegar a ser de 15 mg al día o cada dos días, y debe ser continuado durante todo el tiempo que sea necesario. Resumen del ciclo de vida de Dave durante varios años.

—Ahora (q) representa julios y (T) la temperatura.

Ocupa el lavabo de la izquierda de ese espacio reverberante para el aseo personal, la falta de autoestima y los desechos, y después introduce en su boca el cepillo sin pasta de dientes. La estantería de un blanco hueso mate está repleta de productos de belleza femenina. Como todos los días, mira su reflejo… y no lo ve. Se siente observado, como si alguien dirigiera sus movimientos de manera mecánica e instintiva. Piel blanca. Cara difuminada. Leves marcas de acné en las sienes. No presta atención a los detalles más elementales como ojos, boca, barba de varios días y orejas. Irrelevantes. Ha perdido mucho peso. No tiene hambre. No es o si es solo es una sombra. 

Se frota los dientes de arriba abajo, de izquierda a derecha. Escupe una mezcla de saliva y restos de sangre procedentes de la encía superior con peor aspecto de lo normal. De ahí que sea capaz de percibir su olor. El estómago arde, palpita. Enjuaga el cepillo con agua templada y lo deposita en el vaso old fashioned regalo de Kathryn, la mujer de Jonathan.

Sobre llorar la muerte de un músico y otras formas de no desmoronarse

Hay algo embarazoso —y por ello profundamente humano— en la manera en que la gente llora cuando muere un músico (al que no se conoce personalmente). Y no me refiero al llanto en la intimidad, ese que tiene lugar en la cocina mientras pelamos una cebolla o al caer en el pozo del duelo o la separación. Me refiero a los comentarios en redes —ojos hinchados invisibles, voces atragantadas imperceptibles— y esas confesiones tipo «se ha ido una parte de mí» o «gracias por tanto», teatrillos del dolor que podrían pasar por impostura pero que, si uno se acerca con sentido y sensibilidad, deja a a la vista algo que es justamente lo contrario.

Porque lloramos al músico como si nos hubieran amputado la adolescencia o un recuerdo feliz, nuestra vida en su apogeo. Ese músico o esa canción —viene a ser lo mismo— en algún momento cumplió su cometido de prótesis emocional cuando no sabíamos caminar sin inclinarnos hacia lo oscuro o la violencia, vamos, la tortuosa ruta del joven hacia la edad adulta (y peor). De modo que cuando un músico fallece a los 63 años es como si nos obligaran a revisar ese archivo que llevábamos años sin abrir, cubierto de polvo y peinados imposibles, nuestro, íntimo e intransferible, lleno de versiones antiguas de nosotros que ahora nos resultan vergonzosas y, a la vez, extrañamente heroicas.

Aquí viene la parte más molesta —la que no queremos decir en voz alta o en un post—: exageramos porque es más fácil sentir mucho que sentir bien (este es otro tema). Es decir, la hipérbole funciona como un salvoconducto emocional para no tener que explicar nada. El dolor, cuando se comparte demasiado deprisa, sirve como atajo. Es un «eo, mírame, estoy aquí, sigo sintiendo», pero también un «no me pidas que entienda lo que siento». De algún modo, la muerte de un músico nos libera de tener que ser precisos con nuestras emociones, nos permite dolar sin saber exactamente qué dolamos. Por eso, las publicaciones de gente llorando la muerte de un músico no son tan ridículas como parecen. En cierto modo representan un intento desesperado de transportar lágrimas con las manos, un gesto torpe —casi siempre torpe— que indica que estuvimos allí hace tiempo y seguimos aquí, más viejos, un poco más solos, necesitados de alguien que cante lo que nosotros somos incapaces de explicar con la ayuda de palabras.

Robe

El día comienza con la muerte de Robe Iniesta. Y así sucede lo peor cuando lo malo quedó atrás. Entonces, inevitablemente, a todos nos da por pensar en sus canciones, esa forma de obstinación por contar las cosas crudas, una grieta por la que mirar la luz en mitad del incendio, lejos de esa pulcritud emocional imperante y que tan poco tiene que ver con la vida. Robe, ejemplo de nada; Robe, mayoría absoluta.

De adolescentes íbamos a los conciertos de Extremoduro medio borrachos y por la puerta de atrás, con una camiseta fea y ganas de subirnos al tejado para verlo llegar. Nunca fue un héroe para mí, solamente un hombre delgado, y quizás residía ahí su verdadera heroicidad: ser él mismo, sin mierdas ni grandes aspavientos, pura fricción de versos perfectos y guitarras chirriantes. ¿De qué sirve llegar a alguna parte con la música? Quizás, lo único importante sea atravesar la vereda y que nos entierren con la picha por fuera para que se la coma un ratón.

Robe se ha muerto con la edad que tenía mi padre cuando lo incineramos. Los dos representan figuras inalcanzables por diversos motivos. Rober por sus letras, padre por sus palabras; Robe por mandar a todos a tomar por culo; padre por empujarme a escribir y tocar música un poco a la contra; Robe por enseñarme a sostenerme en mi propio temblor, padre por recordarme que que lo único que importa es levantarse por la mañana, mirarse al espejo y no apartar la mirada. Al pensar en ellos se me escapa de entre los dedos volando una flor.

¿Inmaculada Concepción?

Resulta que el 8 de diciembre es festivo, un día envuelto en un halo dislocado que mezcla lo sagrado y la resaca. La Inmaculada Concepción, a ver, esa bula que nadie entiende pero todos celebramos. Proclamada en 1854, sostiene que la Virgen María está libre del pecado original desde el momento en que fue concebida, quedando, por tanto, inhabilitada para concebir a su propio hijo. Así, la ciencia sufre una epifanía y España transforma la imposibilidad en puente. ¡Jamás el feligrés estuvo tan cerca de Dios; jamás el infiel estuvo tan cerca de una casa rural lejos de Madrid!

Si profundizamos (perdón) en el asunto, aquí no hay ni rastro ni estela del Altísimo (más allá de la invención del color rojo en el calendario). Se trata de un acto humano que anticipa la gracia divina en previsión de la redención de Cristo, un misterio en el que la madre es redimida por su hijo antes incluso de su propio nacimiento. Cuestión de gracia, claro, pero hay demasiadas incógnitas y una barbaridad muy del siglo XXI: el hecho de que la mujer solamente sea apta para la maternidad «corrigiéndola» mediante un milagro. Aj.

Sin entrar en consideraciones filosóficas, antropológicas u ornitológicas, el 8 de diciembre debería invitar a hacer una reflexión: la fiesta une; el significado divide. De esta forma, muchos hacen cola para pillar sitio en misa mientras otros se rasgan los leotardos ante el fraude intelectual de la propuesta. Quizás el verdadero misterio no se encuentre en esta fábula, sino en cómo un dogma religioso se cuela en nuestra vida disfrazado de folclore, sin admitir preguntas que son, en realidad, perfectamente inmaculadas en su concepción.

Ilustración: Bartolomé Esteban Murillo

He escrito un libro

He escrito un libro. Esta frase suena a logro o a medalla, a los dos, también a catarsis, cima, ¡vamos, hostias!, y debería remover el aire. Pero no. Escribir un libro es lanzar una botella a un mar lleno de plástico con un mensaje dentro: somos demasiados. Solamente en 2024 se publicaron 89.347 obras en España. Ni el mejor lector en diagonal podría leerlos en toda una vida. En cuanto a las ventas, dan un poco igual: para la gran mayoría se trata de una cifra que fluctúa entre la estadística y la resignación.

He escrito un libro sobre David Foster Wallace. repito. Comunicarlo es otra cosa. Los escaparates están copados por las grandes editoriales y, en general, potencian los libros con algún premio otorgado a dedo o un mayor apoyo mediático. El ecosistema editorial vive del eco, amplifica aquello que ya suena, dejando al resto de escritores invisibles (nada que ver con escritores pequeños) con su libro dentro de una caja de cartón, huérfano de lectores hartos de tanta novedad. Al otro lado de la reverberación, el boca a oreja, la única manera de transformar la mortaja de páginas en migas, una historia sobre la mesilla de noche de un extraño en el mejor desvelo sin contar el cine.

Escribir nunca fue un problema. Escribimos millones. Algunos lo hacen bien, otros muy bien, la mayoría escribe como puede o como piensa; el problema es ser leído. Y que te lean más o menos nunca te hace mejor escritor. En todo caso, si vendes muchos libros puedes decir que eres futbolista o un privilegiado. En cuanto a los demás, escritores pequeños o invisibles, aspiramos a un lector, con uno solo basta. Uno que abra el libro y se quede un rato antes de apagar la luz. Ese milagro mínimo ya es toda la literatura posible.

Palmar

Hay una palabra que antes significaba perder y ahora ¡hurra! PALMAR. No aparece en las encuestas o en los discursos parlamentarios, pero cualquier persona de cuarenta en adelante la conjuga: yo palmo, tú palmas, ellos palman menos que yo. Palmar es trabajar por la mitad de lo que vales, pagar un alquiler que parece una hipoteca (de otro), perseguir la casa soñada y acabar celebrando un cuarto interior sin ascensor porque, al menos, tiene luz por las mañanas. Palmar es descubrir que tu vida se va quedando pequeña, como la ropa de los niños, y que no te cabe la ropa que heredaste. Palmar, sinónimo de victoria.

Palmas cuando aceptas un sueldo de mierda y trabajas más para olvidarlo. Palmas cuando te dices que compartir piso con otros tres “no está tan mal”. Palmas cuando te convences de que el futuro no se construye ni se transforma, sino que se parchea, con turnos y un optimismo que ya es pura artesanía. Nada de autoexplotación: supervivencia con marca personal, esa mezcla de ironía y tirar palante que permite pasar de lunes a lunes sin perder el arte. Palmar o no palmar, esa es la pregunta, Hamnet. Y palmas la respuesta.

Y aun así, en medio de este palmar continuo, hay algo hermoso, la capacidad de crear una vida que, aunque se parezca poco a lo que una vez imaginaste, sigue siendo tuya y a mucha honra. La cena a base de fuet y vino peleón, el sillón de Wallapop, el perro que se hace pis cuando llegas a casa, los planes baratos con pinta de aventura (en bus), la posibilidad de dejar de palmar en sueños o despierto. Palmar no es fracasar, más bien sostenerse cuando todo empuja hacia el centro o hacia abajo. Es la épica secreta de una generación que jamás reivindicó épica alguna, la que trabaja para vivir peor que sus padres y aún así se repone y, por encima de todo, AGUANTA. Porque, al final, lo único que jamás se palma es la dignidad de seguir intentándolo, coño.

Ilustración: Giselle Dekel

El reservado

El reservado terminaba en una sombra cercada por el brillo de una mesa sin esquinas y una luz de halo. Se supone que las parejas comen lo que quieren en los restaurantes (deberían ser el último lugar en el que esconderse), pero en El Ventorro comen lo que les propone el chef Alfredo, platos de cuchara y voces que rezuman orgullo de sobremesa. Aquel 29 de octubre, el barro se llevó Paiporta, Picaña o Masanasa por delante. Eran las seis de tarde y la pareja que nunca estuvo en el reservado no había pedido el postre.

Seguían tonteando, riéndose flojo, como quien acaricia la desgracia con una mano y pide otra ronda. Había una crueldad involuntaria —o tal vez demasiado voluntaria— en sus movimientos y la forma en que ignoraban los móviles (apagados o en silencio), las llamadas perdidas, los mensajes acumulándose en el buzón de voz. Cada vez que uno de los dos miraba la pantalla iluminada, lo hacía para detener el brillo de sus obligaciones: que esperen; ¿dónde está el incendio?; dan tormenta. Era el momento para las confidencias y el roce de sus rodillas por debajo de la mesa. Ellos dos solos pudieron detener el mundo.

«Dejad a los del reservado e iros a casa», dijo el chef Alfredo a sus empleados. Y la pareja se quedó en silencio. La lluvia, su rumor sobre los ventanales. Era casi de noche: tarde para una comida, pronto para la cena, muy tarde para abandonar un restaurante, tardísimo para salvar a las víctimas de la riada. Las horas, la vida. La pareja decidió salir del reservado dejando sobre la mesa dos servilletas convertidas en un naufragio, migas, el importe de la cuenta dentro de una caja de madera.